El desafío de ser iglesia en una sociedad de agitados cambios: Hacia una ética social responsable
Ponencia presentada en la consulta sobre Reconciliación, conversión y paz, convocada por el Consejo Latinoamericano de Iglesias (CLAI), en la ciudad de Barquisimeto los días 28 y 29 de marzo de 2003.

Por fidelidad a Jesucristo, el Verbo hecho carne, debemos rechazar                    todo intento de evasión histórica en nombre de la fe, todo intento                   por afirmar una “fe cristiana” que busca diluirse en una espiritualidad                 no comprometida que corta... y mutila la fe del proceso                                      histórico latinoamericano”.      Victorio Araya

 Introducción

               La iglesia venezolana enfrenta hoy una situación sui generis ante los procesos de cambios socio-políticos que se experimentan los cuales la tomaron por sorpresa, dejando al descubierto un novedoso del escenario que no es de fácil interpretación. La realidad ha  cambiado de manera acelerada  trayendo consigo un sin fin  de interrogantes, desafíos y complejidades que hacen que no sea tan sencillo tener la certeza de qué es lo que está realmente aconteciendo. Respuestas apresuradas y simplistas, simplemente podrían hacer que las acciones y posicionamientos a tomar no fueran del todo los mas apropiados y correríamos le riesgo de errar  como ya ha ocurrido en la región con procesos políticos más o menos similares al venezolano y donde la iglesia evangélica asumió posturas no siempre a la altura de las circunstancias históricas que así lo requerían.

             La iglesia evangélica  venezolana se encuentra ante una realidad que le exige encarecidamente, una ética  que se  aleje de una acción  servil y de un silencio cómplice. El reto no es nada fácil, especialmente porque no hemos sido preparados para responder contextualmente a los rápidos cambios sociales.  Nuestra teología, en el mejor de los casos, sigue respondiendo a situaciones e intereses de carácter foráneo, especialmente a la geografía de los hermanos que nos trajeron el Evangelio a principios del siglo XX. Hemos sido formados bíblica y teológicamente para desarrollar una misión semejante a la de la Cruz Roja Internacional: recoger heridos y muertos, pero sin preocuparse e indagar por las causas del conflicto.

 La realidad venezolana

             Un ecosonograma socio político del país  revela una situación que se resume en cuatro aspectos fundamentalmente: polarización, visibilización de los excluidos, desgaste del viejo modelo, y expectativas no satisfechas[5].

 Una marcada polarización de la sociedad

 Nuestra hija, que aun no cumple los 4 años de edad plantea la siguiente pregunta a su mamá:

 - ¡Mamá!, ¿nosotros queremos que Chávez se vaya o se quede?

         En otras palabras, ella estaba interesada en saber a cuál grupo pertenecía su familia. ¿A qué polo pertenecía? Este ejemplo, es una profunda muestra de la internalización de la polarización que vivimos como venezolanos, que ni siquiera respeta edades.   Entendemos la polarización como la radicalización de posturas asumidas por grupos antagónicos, que al ver amenazados sus intereses (políticos, sociales, económicos, etc.)  se atrincheran en sus posiciones para defenderlos a toda costa, convirtiendo a todos aquellos que los adversan en enemigos. Difiero de quienes sostienen que esta situación es nueva y que antes no se daba. La polarización siempre ha estado presente donde hay grupos que se imponen sobre otros y organizan la  sociedad de tal manera que sustente y fortalezca sus intereses, aun, a costa de los grupos que  son sometidos. Lo que tenemos hoy, es que esta realidad se ha hecho evidente como nunca antes en la historia contemporánea del país, y con elementos y particularidades propias de la coyuntura[. Hoy estamos  ante la profundización de esa realidad que  ha acompañado  nuestra historia,  sólo que ahora la vivimos con mayor intensidad.  En 1970 Richard Shaull escribe sobre esta situación como que si la estuviera experimentando en la Venezuela  actual:

Estamos confrontados, pues, por una nueva polarización, sin precedentes, entre aquellos que han disfrutado de        los beneficios del status quo y aquellos que están más ansiosos     por cambiarlo.                                            Nuestro mundo está dividido netamente entre los grupos, razas y clases que han despertado a su disposición de inferioridad y aquellos que son renuentes a dejar paso aun nuevo orden

               En Venezuela la polarización se ha encarnado entre quienes han ostentado el poder, y quienes han sido privados de él; entre quienes se han beneficiado de las riquezas del país, y quienes cada día amanecen más pobres; entre quienes divinizan las estructuras sociales y quienes luchan por cambiarlas; entre quienes quieren reformas cosméticas y quienes prefieren una revolución; entre quienes ocupan socialmente posiciones de privilegio, y quienes ocupan los sótanos de  la estructura social. 

 Visibilización de los excluidos

             Hablar de excluidos tiene implicaciones mucho más complejas que pensar sólo en el famoso porcentaje de que el 80% de los venezolanos viven en pobreza.  La invisibilización de los excluidos nos confronta con otra realidad totalmente opuesta como es la visibilización y la inclusión. En otras palabras, hay grupos que por factores de orden socio-políticos y económicos han sido arrojados a la periferia de la vida.  Situación que los ha marginado en la toma de decisiones, y la distribución de las riquezas del país; de las posibilidades de acceder y disfrutar de los derechos sociales y humanos que intrínsecamente como persona le corresponden. Y hay otros que siempre han figurado, que han estado incluidos y visibles, gozando de los derechos que se le ha negado a la gran mayoría.

           Hoy esta masa de excluidos se resiste a la posición de “Anónimos Sociales”, a la que fueros destinados, sin voz y sin participación, y han comenzado a mostrar resistencia activa ante el actual esquema social. Estos excluidos tienen una diversidad de rostros en Venezuela: mujeres, pobres, indígenas, campesinos, obreros, niños, ancianos, etc.  Se resisten a continuar viviendo en las mismas condiciones y a seguir sufriendo pasivamente. Están convencidos de que la situación puede ser transformada.  La toma de conciencia de su realidad de exclusión los ha convertido en protagonistas y sujetos en la actual coyuntura. De allí la proliferación, como nunca antes en la historia de Venezuela, de organizaciones de carácter popular de mujeres, indígenas, pescadores, artesanos, obreros, desempleados, amas de casa, etc., como expresión de resistencia y participación.  “Ante esta situación histórica quiere hacerse oír el grito de los oprimidos que han tomado ya conciencia de su opresión y están organizándose. Sus exigencias no se reducen al deseo de reforma, desarrollo y mejora general de las condiciones de vida, sino que se orientan a una liberación en el marco de una sociedad diferente. El grito de los oprimidos (excluidos) se deja oír cada vez más alto...” Los excluidos y excluidas, que conforman la mayoría de los venezolanos, se cansaron de ser minusvalidos sociales, y optaron por ser sujetos.

 Desgaste del viejo modelo político

            El poder político venezolano desde el establecimiento de la democracia estuvo marcado por un bipartidismo que gobernó a la nación durante 40 años. Quien no pertenecía a Acción democrática o al social cristianismo de COPEI, difícilmente podría obtener algún espacio de poder político. Las decisiones más importantes se cocinaban y se tomaban bajo el visto bueno de los caudillos, y el aval del entorno servil de los partidos tradicionales. Negar este fenómeno histórico es una actitud ingenua e irresponsable. El proceso histórico venezolano se fue desarrollando con aciertos que aun mantenemos, pero paralelamente creando y agudizando situaciones que puestas en la balanza social, poco a poco fueron acrecentando su peso hasta opacar los avances alcanzados.

             El desgaste se fue haciendo evidente de manera progresiva hasta que llegó al colapso total. Hoy el venezolano promedio sabe que no es suficiente con vivir en democracia, con poseer  reservas petroleras de las más grandes de mundo, con ir a votar para elegir al presidente, con tener un país estratégicamente ubicado en la geografía mundial, con saber que tenemos inmensos yacimientos de minerales e importantes recursos naturales. Los partidos políticos con todos estos elementos a su favor y sus programas reformistas, no pudieron resolver medianamente los problemas más agudos de la población: vivienda, salud, educación, empleo. Por el contrario, generaron otros que se convirtieron en verdaderos monstruos: corrupción, injusticia, pobreza. El discurso de que somos el país más rico y privilegiado de América Latina no se correspondía con la miseria a la que cada día eran lanzados cientos, miles, millones de venezolanos. 

         Si algo es indiscutible hoy en Venezuela, es la incapacidad que tuvo el bipartidismo de propiciar una mejor sociedad al ejecutar sus proyectos políticos,  donde las riquezas fueran distribuidas de manera anómala e injusta. Ese fracaso quedó  manifiesto y velado de manera especial en las elecciones de 1998. Los partidos tradicionales se desvirtuaron a tal punto, que muchos de sus miembros salieron corriendo a refugiarse en otras organizaciones o a fundar nuevos partidos con los mismos rostros. La ideología política, bandera de horizontes de cada agrupación, fue  sacrificada por el oportunismo y el temor a perder los espacios de poder. Por esta razón,  independientemente de las posturas ideológicas y la solidaridad que surge de la militancia de tantos años, muchos se plegaron a una propuesta política única  como ultimo recurso para evitar la catástrofe[10]. En conclusión el viejo modelo político colapsó, aunque aun esté tratando de reorganizarse para reconquistar los espacios perdidos.

 Expectativas aun no satisfechas

             Gracias al apoyo mayoritario recibido en las elecciones, el nuevo modelo político comenzó a  implementarse a partir  del año 1999. Los nuevos actores han planteado la reestructuración de la sociedad, una refundación, en contra de las propuestas reformistas vinculadas específicamente al antiguo modelo. En ese sentido se diseña una Nueva Constitución para crear un marco jurídico más ajustado a las realidades que vive el país y que promueva la justicia social. A partir de allí se han venido desarrollando políticas y programas que buscan dar respuesta a la diversidad de problemas que el antiguo modelo no pudo. 

        Muchos de los venezolanos que ayudaron a enterrar el antiguo modelo y que le dieron vida al actual han descubierto que las soluciones no llegaron tan rápido como ellos esperaban. Los problemas continúan, y algunos, seguramente, se han agudizado más.  Parece que se necesita más que buenas intenciones para poder hacer los cambios que las grandes mayorías aspiran. No importa cual sea nuestra interpretación de estas aspiraciones no concretadas, y cuan razonables o verdaderas sean. Para quienes la injusticia, la exclusión, la pobreza, la falta de vivienda, el desempleo, la imposibilidad de acceder a los servicios de salud, son parte de su cotidianidad los argumentos para justificar dicha situación no resuelta, son irrelevantes e inútiles. Las expectativas que se despertaron y que llevaron a muchos a apoyar al nuevo rostro político del país, aun esperan por ser satisfechas. La espera ha sido demasiado larga para quienes han soñado por su dignidad como seres humanos, y no están dispuesto a esperar 40 años más. Lo agudo de la situación hace imperativo una respuesta satisfactoria o medianamente saludable.

         Se puede tener divergencias a la hora de hacerle una exégesis a la situación del país, pero donde todos coincidimos es que estamos ante coyuntura permeada por conflictos de intereses que se oponen entre sí y se confrontan a tal magnitud que la violencia no es un elemento que se desea excluir.  Dudo que alguien pueda poner en duda las justas reivindicaciones sociales que los altos porcentajes de personas excluidas están solicitando, y que e habían mantenido en el anonimato social pero que ahora asumen papeles de sujetos. El modelo de sociedad que se nos había vendido como justo, loable y defendible, ha colapsado y ha entrado en un desgaste acelerado que lo mantiene en crisis. Y por otro lado, las propuestas hechas desde el actual gobierno, aun no logran satisfacer las grandes expectativas que las clases empobrecidas e ignoradas esperaban

Los rostros sociales de la iglesia en la actualidad

          El rostro social de la iglesia en la Venezuela actual es un fenómeno, a mi juicio, un tanto atípico, no predecible. Al revisar la historia de la iglesia la tendencia es inmediatamente a creer que los antecedentes teológicos determinarán las posturas sociales en la actual coyuntura sociopolítica, pero esto no es del todo cierto. No siempre se cumple aquello de “dime tu trasfondo teológico y te diré cual es tu ética social”. En la tipología que formulamos seguidamente es común encontrar en cualquiera de ellas a cristianos de los diversos rostros teológicos que hacen vida en el país.  Cabe señalar que en Venezuela, como en el resto de América Latina, contamos con iglesias  de trasfondo fundamentalistas, de las llamadas históricas, pentecostales y neopentecostales. La presencia de iglesias históricas, cuya teología es generalmente  de corte más progresista, no es tan fuerte en comparación con el resto de iglesias cuya teología, por lo general, es muy conservadora pero de presencia mayoritaria.  El fenómeno es mucho más complejo de lo que podemos imaginar.  Aquí podríamos pecar al hacer esta taxonomía eclesial tan general, pero la idea es presentar, si se quiere, las actitudes más comunes que más bien responden a las opciones personales de los cristianos venezolanos. La división no pretende ser exhaustiva, esta abierta y estamos seguros que cada una tendrá sus variantes.

             La coyuntura sociopolítica, no sólo está moviendo las bases de los partidos tradicionales, la iglesia cristiana también se ha visto afectada ante la novedad de una realidad que exige posturas eclesiales que no son tan fáciles de dar. Hoy como en ninguna otra época de la historia de la iglesia, “la sociedad venezolana gime a una, pidiendo que los hijos de Dios se manifiesten”.  En este sentido, queda de nuestra parte juzgar y valorar las actitudes y posturas que se han asumido, a fin de determinar si están a la altura del Evangelio y de la realidad.

 Actitud de evasión

             La primera actitud es fundamentalmente de “alejamiento” de los acontecimientos sociales. La iglesia es un ente espiritual y por tanto no debe inmiscuirse en asuntos de carácter terrenal. La misión se reduce a la predicación del evangelio para la conversión de individuos, en especial “salvar  almas”. Lo político y lo social son escenarios que no le competen a la iglesia ni al evangelio. En este caso los cristianos se declaran en “huelga social”, mientras dure su peregrinaje en esta tierra. Esta postura monástica interpreta el mundo como antidios y escenario del maligno, y la iglesia tiene la responsabilidad de ser agente de consolación y refugio para quienes habitan en él. La fe se convierte en un convento para refugiarnos y no afrontar los retos de la sociedad contemporánea. Samuel Escobar nos recuerda que:

Todavía no existe un monasterio protestante en América Latina,                         pero la mentalidad de monasterio si existe.                                                          Hay quienes sueñan con formar “barrios evangélicos” o sistemas                        de educación que desde la cuna hasta la tumba                                                   el hijo de creyente sea protegido del mundo.

                   Es en este tipo de cristianos donde por lo general se escuchan expresiones como las siguientes: “La iglesia debe ser neutral y debe mantener el equilibrio”. En otras palabras la iglesia no debe decir nada que pueda ser mal o bien interpretado por uno de los grupos enfrentados. Quienes piensan que la neutralidad o el equilibrio resuelven el problema, no se dan cuenta que esa actitud por el contrario complica aun más la postura cristiana, al manifestar una ambigüedad ética insostenible. ¿Se puede ser realmente neutral? ¿Equilibrio respecto a qué? La neutralidad no existe y el equilibrio puede ser un alma de doble filo. En el fondo quienes han asumido esta postura, ingenuamente, racionalizan que es una alternativa para  no meterse en problemas. En otras palabras, la ética de carácter monástico obliga a asumir un compromiso social ambiguo, con el propósito de no ser mal interpretados por ninguno de los bandos confrontados. Al final su meta es, no incomodar con su postura a nadie, para que todos queden conformes, excepto Jesús.

 Actitud de asimilación

             El trasfondo teológico de un alto porcentaje de las iglesias venezolanas es de corte fundamentalista, sin embargo un gran número de cristianos evangélicos son afectos a los procesos de cambios que promueven los actuales actores políticos. Esto no es tan fácil de entender teológicamente. Históricamente quienes adoptan una postura conservadora, difícilmente participarían en procesos de transformación social. Sin embargo en la actual coyuntura venezolana la teología de estos cristianos  no se corresponde con la ética social que han asumido. En otras palabras el conservador históricamente ha estado vinculado al status quo, pero estamos ante un fenómeno bastante particular. Este fenómeno considero podría ser bastante peligroso en el sentido que la acción no tiene ningún reflexión teológica que la nutra y la juzgue. 

             Mi interpretación es que los cristianos que han asumido el proceso de cambio, no siempre están conscientes de las motivaciones bíblicas, teológicas, sociales y hasta económicas que sustentan su postura política. La participación, no en todos los casos por supuesto, es acrítica y   visceral. Esto es sumamente peligroso. La acción sin reflexión puede convertirse en un bumerán que se devuelva hacia quienes han asumido esta postura. No pretendo que hay que hacerse sociólogo, teólogo, biblista o economistas profesionales para poder participar. De ser así entonces nadie podría. Estamos ante el extremo opuesto de la posición descrita anteriormente. El pietista está tan metido en su propio mundo espiritual que no participa en los cambios sociales; éste está tan metido en los cambios sociales que no tiene tiempo de reflexionar desde su fe acerca de lo que está ocurriendo. Ejemplos de esta actitud lo vemos expresadas en emisoras radiales de corte cristiano que se han convertido en voceras del Estado, o pastores que aplauden todo lo que proviene del gobierno. Entiendo que en la capital hay congregaciones que se autodenominan  iglesias bolivarianas, una clara evidencia de acción sin reflexión.En este caso el evangelio es absorbido y subordinado a los procesos sociales y los cristianos terminan al servicio de proyectos que se absolutizan  dándoles carácter de sacro y divino.

                       Quienes asumen estas posturas ignoran las ambigüedades que se dan en cualquier proceso de transformación, que al no considerarlas acarrean graves consecuencias. Shaull Richard lo dice de esta manera: 

Representa la pasión por la justicia y por la liberación de los oprimidos, pero también libera grandes fuerzas destructoras y lleva a nuevas formas de injusticia…demasiado a menudo el orden establecido después de la revolución no es muy diferente del anterior. …Si se ha de producir el cambio, son necesarios nuevos centros de poder, pero en una situación revolucionaria es imposible predecir como será eventualmente utilizado ese poder...             Es un imperativo que el cristiano tiene que participar en los cambios sociales, aunque  no estemos de acuerdo en el cómo debe hacerlo, pero es  incuestionable que no tiene otra alternativa si quiere ser fiel al Reino de Dios. Quienes han optado por participar en el proceso deben comenzar a preocuparse por sustentar desde su fe tal actitud, para no sacrificar el reino de Dios, que es trascendental, en el altar de las utopías temporales. Reafirmamos que sólo le debemos obediencia incondicional a Dios, y nuestra lealtad es exclusivamente a él, y esto no está en discusión. Es tan antibíblica y peligrosa  la evasión de la realidad, como la participación sin reflexión.

 Actitud de oposición

             Es innegable la polarización en el país entre quienes apoyan los cambios y quienes los adversan, así como tampoco se puede obviar que esta realidad también se da en el  seno de las iglesias. Los grupos eclesiales que se oponen se apropian de las mismas banderas políticas e ideológicas de los partidos tradicionales e interpretan que el actual proceso representa un peligro para el país  por ser de tendencia comunista, autoritario, y violento.  Esta actitud está ligada, aunque ellos no siempre están conscientes de ello, al fundamentalismo evangélico más radical. Les incomoda y atemoriza vocablos tales como “proceso”, “revolución”, “cambios”, “participación política”, a tal punto que inmediatamente le dan una connotación negativa. Su visión de la historia es catastrófica: No se puede hacer nada porque esto va de mal en peor. La solución se proyecta sólo y exclusivamente hacia el futuro cuando Cristo regrese. Todo esfuerzo humano en cambiar las realidades sociales es casi como ir en contra de los designios de Dios.

           Está actitud no es más que un reflejo inconsciente de la asimilación del   análisis funcionalista de la sociedad. La iglesia como guardiana de la “sana doctrina” no puede caer en la tentación de contaminar la fe al insistir en meterse en asuntos de naturaleza terrenal. Catalogan a quienes se esfuerzan por promover cambios en la sociedad desde la práctica de la fe de “teólogos de la liberación”, en su comprensión de este calificativo significa, cristianos que son “marxistas”, “guerrilleros”, “peligrosos”, “subversivos” “herejes”.  Su mayor preocupación es detectar “herejías”, y desviaciones de la “sana doctrina”,  a fin de condenarlas juntamente con sus proponentes.

             Se  oponen como vehemencia a las tendencias hacia la izquierda del gobierno y de los cristianos que apoyan los cambios, pero no dicen nada de la ideología  capitalista y de ultraderecha que sustenta su propia postura y que avala y promueve el status quo.[20] Son férreos críticos del gobierno cubano, pero asumen una actitud dócil y de aprobación de la política  exterior norteamericana. Aunque no se dan cuenta, su actitud sacraliza el orden establecido, y condenan todo aquello que atente contra ese orden. Han internalizado que la situación establecida no es del todo justa, sin embargo “funciona” y  es mejor que cualquier propuesta de otro orden[21]. En otras palabras, es mejor “malo conocido que bueno por conocer”. Así como quienes avalan el proceso de cambio, han sacralizado el proceso, quienes lo adversan han sacralizado el status quo. Estamos entonces ante la divinización de posturas de naturaleza temporal y constantinianas cada una a su estilo.

 Hacia una participación responsable: la encarnación de la iglesia

 ¿Participar en qué? ¿Por qué? ¿Para que? ¿Con quién? ¿Cuándo? ¿Dónde? Permitan introducir unas palabras de Francis Schaeffer que, a mí particularmente, me han ayudado a comenzar a dibujar las respuestas a estas interrogantes: 

Una de las mayores injusticias que les hacemos a nuestros jóvenes es pedirles que sean conservadores. El cristianismo de hoy no ha de ser conservador, sino revolucionario. Ser hoy conservador es estar totalmente equivocado, porque significa pararse en medio de la corriente del estatus quo, que ya no nos pertenece. Hoy somos una absoluta minoría. Si queremos ser justos hemos de enseñar a nuestros jóvenes a ser revolucionarios, revolucionarios contra el status quo                Estas palabras fueron escritas en 1973, cuando yo apenas contaba con 8 años de edad, y cursaba mi segundo grado de educación primaria. ¡Cuántas injusticias, según Schaffer, se han cometido desde entonces!  El cristiano está llamado a participar en todo proceso que vaya en contra del status quo, de lo establecido y mantenido de manera sacra, porque el cristiano ha asumido una fe que lo impulsa a participar en la transformación de la sociedad y a trabajar por la vida en toda su plenitud, negada a muchos seres humanos. La participación no sólo incluye el trabajo  con los cristianos, sino con todos los que luchan contra el status quo , en la coyuntura que vive el país en la actualidad.Muchas veces creemos ingenuamente que Dios actúa única y exclusivamente a través de la iglesia, como que si los cristianos tuviéramos privatizado a Dios. Esta era la misma idea que tenían los discípulos cuando molestos se acercaron a Jesús a acusar a quienes sacaban demonios y … La respuesta de Jesús es más que esclarecedora : “Quien no está contra nosotros por nosotros es”.

        Pero esto no es posible sin la encarnación de la iglesia, no se puede participar con responsabilidad desde el balcón. Hay que bajar al camino y transitar el peregrinaje de la historia desde las entrañas mismas de los acontecimientos. Dios nos ha dado el mejor ejemplo al  “meterse plenamente en nuestra historia” encarnándose en la persona de Jesús, y desde allí, desarrollar su ministerio de reconciliación integral. El decano de la teología en América Latina, Miguez Bonino, afirma: 

Ni los problemas éticos ni la fe cristiana pueden comprenderse en una reflexión neutral, para solo después adoptar una decisión. En ambas cosas es primero una acción, un compromiso concreto, cuyo contenido analizamos críticamente – como cristianos, a la luz de la Palabra de Dios- con la finalidad de integrar ese análisis en una nueva acción y un renovado y más eficaz compromiso.

      La encarnación se opone a los análisis y propuestas hechas desde la contemplación y la inamovilidad eclesial, al contrario nos invita a  ser sujetos y no espectadores, porque es desde y en  el camino que la vida se plantea con todas sus posibilidades y riesgos. “Es obvio, pues, que sólo aquellos que… están envueltos en una situación se hayan en posición de discernir su realidad y de decidir lo que habría que hacer...Es decir que sólo cuando alguien participa de una situación puede describir su realidad y ver la forma en que Dios está actuando…”

         Pero ¿como hacer para que nuestra participación sea realmente cristiana y responsable no meramente apasionada y filantrópica?  ¿Qué hacer para que no se diluya en el humanismo absolutista que también anhela cambios, o en las revoluciones de derecha que también se presentan como opciones de “cambios”?

  Participar a pesar de los riesgos.

           La primera advertencia que reciben quienes optan por trabajar en contra del status quo, es que es muy peligroso, que hay muchos riesgos y que se debe tener mucho cuidado. Quienes hacen esta advertencia han decidido “sabiamente” no participar para evitarse problemas.  Ahora bien, sería ingenuo obviar los riesgos y peligros  que toda opción implica,  pero muy antibíblico dejar de participar por causa de los riesgos. Richard Shaull haciendo referencia a lo complejo de tomar decisiones en escenarios de cambio señala que 

el revolucionario se encuentra preso de un proceso acelerado en el cual se ve confrontado, a cada momento, por una nueva configuración de hechos y acontecimientos…En medio de la revolución la vida es insegura, la forma del futuro es ambigua. La lucha por un nuevo orden tiene lugar en medio de oposición, repetidos fracasos y la constante aparición de nuevas amenazas de deshumanización”

 

El cristiano ante todo es un mártir que da testimonio de su fe en el mundo y es capaz de morir por seguir el ejemplo de Jesús.  La palabra que usa Hechos 1.8  para referirse a testigos es martureo, de la cual viene la palabra mártir.  Parece que el testimonio está estrechamente vinculado al martirio, a correr riesgo. Un ejemplo de esto es el caso de Esteban, quien muere por dar testimonio.  Los riesgos no son obstáculos para la acción, forman parte de ella y no la mutilan. Hacerse cristiano es asumir el seguimiento de Jesús, quien no subordinó su ministerio profético y redentor a la persecución, traición, la violencia, la incomprensión, la intolerancia, la calumnia, las trampas, situaciones de alto riesgo y peligro.

             En Palabras de Samuel Escobar “A veces parecemos gente que da consejos sobre la seguridad de la playa a hombres que se están ahogando. No nos echamos al agua para salvarlos. Nos espanta tener que mojarnos, además ello implica muchos peligros”.

 Participación sin sacralización  

               Quienes se oponen a las transformaciones lo hacen porque en el fondo le han dado al orden social existente carácter de absoluto y sacro. Esta actitud es factible también encontrarla en quienes luchan por los cambios, al divinizar el proceso en el cual se participa.  Para el cristiano sólo Dios es absoluto y es perfecto, todo lo demás es relativo y perfectible; por tanto, no podemos cegarnos ante las debilidades y desaciertos de la lucha, a tal punto de ignorarlas. La labor profética de denunciar el pecado en cualquiera de sus manifestaciones no se negocia, ni siquiera con los procesos de cambio en los que decidimos participar. La revolución no se idolatra y los cristianos no pueden perder la capacidad del cuestionamiento y la autocrítica. Estamos conscientes del uso y abuso que se ha hecho del término revolución en América Latina. En este ensayo  revolución, se entiende como  todo proceso que promueva cambios y transformaciones de carácter social, políticos, económicos, religiosas, etc. y que se niega a aceptar el status quo, cualquiera sea su rostro,  como absoluto e inmutable.
 

    Los procesos de cambio no son fines en si mismos, sólo medios para ir construyendo de manera imperfecta nuestras aspiraciones de sociedad, las cuales no serán satisfechas a plenitud, sino hasta la consumación del Reino de Dios. La explicación que nos ofrece Otto Maduro al respecto es bien esclarecedora y digna de tenerla presente:

Parece ser pues que cuando estamos demasiado metidos en una determinada realidad; cuando estamos muy comprometidos con una institución, comunidad o lucha; cuando estamos hondamente agobiados o atraídos por algo o por alguien...entonces nos resulta muy difícil distinguir, discernir, separar lo que de hecho está aconteciendo de lo que aprendimos a ver y esperar, de lo que quisiéramos que sucediese, de lo que creemos que “debería ser”, de lo que tenemos y de lo que estamos acostumbrados a que suceda”             Hay que tomar conciencia de los riesgos que implica la sacralización en todo proceso, a fin de no perder la capacidad de juzgar sin titubeo cualquier situación que tienda a desviar y entorpecer los anhelos legítimos de cambio. “La revolución no puede ser otro Dios, ya que cualquier absolutización de estructuras no divinas es demoníaca y otra vez esclavizante.

 Participar en esperanza

               Se cuenta de un maestro que con su discípulo cada mañana iniciaba su caminata diaria hacia el horizonte que se divisaba a la distancia. Todos los días durante cada amanecer la experiencia era muy similar. Entre más se acercaban al horizonte este más se alejaba de ellos. El discípulo un tanto inquieto y mostrando su frustración pregunta a su maestro: - ¿Qué sentido tiene el horizonte si nunca lo podremos alcanzar? – ¡Para seguir caminando, para eso sirve!- Respondió el viejo maestro. Y levantándose, posó su mirada en la delgada línea que ya comenzaba a aparecer tan cerca y a la vez tan lejana, y dirigió sus pasos hacia ella.

           Hay claras diferencias entre tener esperanza y ser optimista. Las contradicciones sociales y políticas, la multiplicación de los graves problemas que aceleran los procesos de deshumanización, la profundización de la injusticia institucionalizada, y la desconcertante actitud de la iglesia cristiana ante tales realidades, no son signos que nos hagan henchirnos de optimismo. El optimismo se fundamenta y construye sobre la base de circunstancias favorables, que de alguna manera indican que hay posibilidades. Pero lamentablemente, no es esto lo que encontramos en la Venezuela contemporánea. El cristiano no puede ser optimista, pero si puede tener esperanza, porque ésta trasciende a las circunstancias y se basa en la propuesta de vida que se resume en el Reino de Dios.

               La esperanza cristiana “consiste en afirmar que un día muy próximo, en un día inminente se verá la plenitud del Señorío y la victoria de Jesucristo”.[33] Es discernir e interpretar las contradicciones del mundo presente, a partir del mundo futuro esbozado en el Reino de Dios. Es la esperanza quien hace ver por encima de las realidades presentes las alternativas de justicia, cambios y transformaciones que orienten al ser humano hacia el Señorío de Cristo. Es así como Ana participa en los acelerados cambios que se producían en su entorno, y desde su inserción en esperanza es capaz de discernir lo que otros no podían, y experimentarlo como una realidad presente:

“El arco de los poderosos se quiebra, pero los débiles recobran las fuerzas. Los que antes tenían comida de sobra se venden por un pedazo de pan, los que antes sufrían hambre, ahora viven saciados...El Señor da la riqueza y la pobreza; humilla, pero también enaltece. Levanta del polvo al desvalido y saca del basurero al pobre para sentarlo en medio de príncipes y darles un trono esplendoroso”1 Samuel 2. 4, 5, 8                   De la misma manera lo hace Federico Pagura por medio de las palabras de un canto que nació, al igual que el de Ana, en una situación de desesperanza, frustraciones, injusticias, pobreza, marcas por excelencia de los pueblos latinoamericanos:

 Porque el entró en el mundo y en la historia,                                                     porque el quebró el silencio y la agonía,                                                            porque llenó la tierra de su gloria,                                                                                 porque fue luz en nuestra noche fría,                                                                           porque el nación en un pesebre oscuro,                                                                       porque el vivió sembrando amor y vida,                                                            porque partió los corazones duros.                                                                            Y levantó las almas abatidas.                                                                            Porque una aurora vio su gran victoria                                                                         Sobre la muerte, el miedo las mentiras,                                                                    ya nada puede detener su historia,                                                                               Ni de su reino eterno la venida.                                                                              Por eso es que hoy tenemos esperanza,                                                                 por eso es que hoy luchamos con porfía.                                                                     Por eso es que hoy miramos con confianza                                                                 el provenir en esta tierra mía

            David J. Bosh  haciendo referencia a la teología liberal del siglo XIX cita  a Ernst  Troeltsch quien dice que “La oficina de escatología se encuentra cerrada la mayor parte del tiempo...(Pero) ... en nuestro siglo la “oficina de escatología ha estado trabajando horas extras”. Unos están tan fascinados por el presente que pierden de vista el horizonte escatológico de la fe, mientras otros están hipnotizados con la en la espera de la consumación del Reino, que se desconectan del presente. Ninguna de estas actitudes se corresponde con el sentido de esperanza que el Evangelio nos presenta.

             La esperanza cristiana no puede ser excusa para asumir posturas de parálisis social y escapismo eclesial.  La esperanza no domestica ni incapacita a la iglesia para que actúe.  No hay en la Biblia ningún indicio que nos enseñe que por causa de la esperanza que tenemos, debamos cruzarnos de brazos hasta la consumación del Reino.  Al contrario la esperanza es el motor que nos mueve hacia el encuentro de la utopía bíblica. Es la combinación de esperar el Reino y apresurarlo, para salir a su encuentro, actuando.        

Participar  con/en el Espíritu

             En el marco de la ascensión que nos narra Lucas en el libro de los hechos los discípulos hacen una pregunta a Jesús:

 -       “¿Cuándo vas a restablecer el reino a Israel?

-       No les toca a ustedes conocer la hora ni el momento determinado por la autoridad misma del Padre – les contesto Jesús- Pero cuando venga el Espíritu Santo sobre ustedes, recibirán poder y serán mis testigos tanto en Jerusalén como en toda Judea y Samaria, y hasta los confines de la tierra”[38]

             Las interrogantes de los discípulos, como las nuestras, expresan un gran interés por el futuro y muy poca atención por el presente. Y la respuesta de Jesús nos ubica, como siempre,  en la perspectiva correcta.  Jesús  hace que los discípulos se ubiquen en su historia presente y asuman la nueva responsabilidad de ser mártires, bajo la acción del Espíritu Santo.  ¿Qué tiene que ver el Espíritu Santo con nuestra participación en los procesos de cambios que se operan en la sociedad? Las primeras sensaciones que se experimentan en los procesos de encarnación son el temor, inseguridad e incapacidad, y por muy cristianos que seamos no estamos vacunados en contra de estas manifestaciones propias de cualquier ser humano.

             El Espíritu Santo nos hace aptos para una encarnación responsable, que se evidencia en la capacidad de discernir el accionar de Dios en nuestra historia (Juan 16. 5-16); y en dotarnos del coraje que implica el dar testimonio de Jesucristo en el mundo (Hechos 1.8). Esto va mucho más allá de una experiencia subjetiva, individualista e interior, y entre muchas otras cosas, es el reconocimiento de la necesidad de dependencia y orientación que como cristianos tenemos anclada en el Espíritu de Dios. Estamos convencidos que Dios se mueve en la historia de los pueblos, y Venezuela no es la excepción, pero también estamos convencidos que discernir su presencia al margen de su Espíritu es una tarea en extremo frustrante,  por no decir imposible. La presencia del Espíritu no es sólo para que nos ilumine cuando interpretamos la Biblia, sino también para que nos ilumine cuando interpretamos los signos de los tiempos, y a partir de allí ser testigos responsables del Cristo resucitado.

             Leonardo Boff  al replantearse el tema de la espiritualidad afirma que “Se trata de vivir una practica cristiana que al mismo tiempo, esté imbuida de oración y compromiso; que el compromiso nazca de la oración y que ésta aflore a partir del corazón de compromiso”. Si la esperanza es el motor del compromiso, entonces el Espíritu Santo, se convierte en el combustible que lo mueve y orienta hacia toda verdad

            Richard Shaull, quien por más de 50 años ha estado bregando con el tema de la ética  social de la iglesia afirma que: 

Si nosotros como cristianos y comunidades de fe, queremos participar de alguna forma en esta búsqueda de nuevos caminos en la reconstrucción social, tenemos que reconocer un hecho: podremos hacerlo solamente en la medida en que estemos presentes en el mundo religioso de los pobres con un mensaje capaz de producir la conversión, y confiando en la fuerza del Espíritu puede reconstruir la vida de los más violentados y crear comunidad donde en la actualidad no existe.

           El Espíritu Santo nos impulsa  a llevar a cabo la misión de Dios  a fin de que seamos agentes de vida y esperanza entre quienes luchan contra la muerte y la desesperanza. Es el mismo Espíritu que acompañó a Jesús en su ministerio[41], al cual la iglesia debe someterse en todo proceso de encarnación. Más que palabras, vidas que desde la obediencia a las demandas del Reino, propicien una participación de carácter neumatika en la coyuntura actual.

 CONCLUSIÓN

           La iglesia está obligada a reafirmar su presencia profética en la actual situación del país, pero esto sólo será posible si logra percatarse que está  viviendo un kairós, y que necesita  replantear su manera de hacer teología y  en consecuencia su misión. Sólo así irá interpretando, entre aciertos y fracasos, las sendas del Reino en medio de las contradicciones sociales que le toca vivir, y así  evitar refugiarse  en el desierto como los  Esenios para huir del mundo, o en la violencia como los Zelotes para transformarlo. Entenderá que la opción que exige el Evangelio es ser discípulos y discípulas de Jesús, cuya metodología de vida  exige estar en el camino de la historia, nos guste o no. El Dios que se hizo historia en Jesucristo, nos ha dado el modelo de vida por excelencia a seguir: transitar el camino de los desposeídos, a pesar de los riesgos convencidos que sólo Dios es absoluto, con la vista puesta en la esperanza futura y los pies en realidad presente. Y esto es posible hacerlo gracias a la operación del Espíritu en la vida de su iglesia.

       La iglesia no puede darse el lujo de evadir su responsabilidad histórica asumiendo actitudes escapistas, reformistas o de asimilación acrítica. El desafío hoy para los cristianos venezolanos es superar la sorpresa que generan los rápidos cambios sociales, discernir e interpretar los gritos y preguntas de quienes están en necesidad y articular una ética social en la cual el Evangelio del Reino no se diluya ni domestique, sino que mantenga la misma fuerza y pertinencia expresada en la praxis de Jesús de Nazaret.